domingo, 10 de febrero de 2019

El Poema del Silencio


Un poema del bardo mexicano J P Hernández Oliva, titulado “Poema en Silencio”, me remontó unas cuantas décadas atrás, por allá a mediados de los ochenta del pasado siglo, a una tarde de tertulia en el viejo café del frente de la Facultad, en la sede vieja del norte de la ciudad. Entre cervezas, humo de cigarro y la cadencia de Rubén Blades y algo de Nueva Trova Cubana, las horas transcurrían en un corral de conversaciones trashumantes, que iban y venian desordenadamente de la diatriba historiográfica a los resultados dominicales del futbol para pasar a la última película de Al Pacino.
     De los cinco iníciales amigos, ya quedaban dos sillas vacías, luego de que a eso de las 5 pm, Miguel y Eduardo, se fueron al infaltable encuentro con el Comedor Universitario; mas pudo el sonido estomacal que el amargo adictivo de una rubia Polar.
     Ya Carlos, había pedido la guitarra que estaba guindada en la pared siempre a la orden de todo trovador improvisado, para entonar baladas o rancheras, de acuerdo a las exigencias de los grados etílicos y las muchachas presentes.
     De repente se apareció con boina y su larga cola de clineja, Le Comte Blue, como él se hacía llamar. El Conde Azul, como realmente le llamábamos, lo cual no le gustaba mucho, aunque al final, luego de mordisquear unos susurros ininteligibles, aceptaba porque al final de cuentas le investía de esa altivez nobiliaria, aunque fuera buen mestizo de llano adentro llamado Alcides. Sabíamos entonces, que había que callar la música y escuchar su consuetudinario concierto poético, y parado el poeta en un improvisado auditorio, al centro del local, sacaba de los grandes bolsillos del viejo paltó gris, poemas arrugados que iba reciclando unos y pariendo otros, todos existencialistas y mortales, y comenzaba a leerlos, para recibir el tributo entre aplausos nuestros, y cervezas que el cantinero al azar anotaba a la cuenta de los clientes. Así Le Comte tomaba gratis, y vendía poemas a la carta, baratos, por mas cerveza o una empanada.
     Pero esa tarde, llegó más serio que nunca al Café Concert, y dijo que ese sería el mejor de sus recitales, ya que había pasado sin dormir la noche preparándolo. Se paró en su tarima inexistente, al frente de todas las mesas, y con la atención ganada de todos, sacó una hoja del bolsillo, se puso los lentes, levantó la mano para comenzar su lectura, y todos esperando que nos sorprendiera con algo nuevo digno de su rancia hidalguía, movió el brazo en forma enfáticamente explicativa, y el auditorio expectante ante su genial poema que pensábamos lo tenía atragantado, cuando a los casi tres minutos, hizo la venia al público como todo triunfador luego de culminar su faena, y en voz ronca, dijo: ¡Muchas gracias! ¡A culminado el Poema del Silencio”. Por supuesto, no recibió aplausos, pero si  unas cuantas cervezas hasta el anochecer, entre las risas por haber timado nuestro tiempo.
2019

jueves, 13 de diciembre de 2018

Neruda en Boconó

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Ciertamente el inmortal  poeta chileno Pablo Neruda, estuvo en Boconó en 1959, a raíz de su visita a la hacienda del general Gabaldon en las adyacencias de Biscucuy.
Esto fue confirmado por la ilustre Cronista y amiga Lourdes Dubuc, quien mencionó haber formado parte del grupo de paisanos que asumieron la sabio decisión de invitar al terruño a tan distinguido bardo. El hecho quedo registrado en "Tiempo y Letras", el medio de expresión literario y cultural de ese Boconó de antaño.
Evoco la presencia de uno de los mas grandes artistas de la palabra, tal vez el mas grande y mas universal, y a quien conozco por su poesía y sus relatos autobiográficos, o también a través del hermoso filme Il Postino (El Cartero), que lo muestra arrogantemente intelectual.
En una de las escenas emblemáticas de tal película que recrea los días de exilio del poeta Neruda en una isla italiana, y su relación de afecto entablada con un humilde cartero, Mario Ruoppolo, el famoso escritor le reclama, al sentir que plagia sus poemas para enamorar a una bella y joven tabernera.
Es allí cuando, Mario  pronuncia esa frase lapidaria, puesta por el guionista en su boca:
LA POESÍA NO ES DE QUIEN LA ESCRIBE, SI NO DE QUIEN LA NECESITA.
Neruda quedò atonito...

                                                                                       Jose Urbina Pimentel

EXTRANJERO EN MI PROPIA TIERRA.



     Es 30 de noviembre cerca de la medianoche, víspera de diciembre, y como acostumbro rutinariamente todas las noches, siempre y cuando el acceso a internet me lo permite, trato de comunicarme con Luis. A veces lo logro, otras  como esta noche es difícil, pero sigo en el intento.
     Han pasado ya más de siete meses en que él tomó sus morrales, los llenó de provisiones, unas cuantas mudas de ropa, mantas para atenuar el seguro frio por venir, sueños de adolescente, mas mi diaria bendición, para viajar al sur, al lejano sur, al desconocido sur, huyéndole a las miserias y a la desesperanza absurda, bizarra enquistada en esta Tierra de Gracia, tan noble pero tan maltrecha.
     Luis tiene diecinueve años. Los cumplió en septiembre. Hace apenas un año su vida transcurría normalmente entre las clases iníciales de ingeniería en la universidad, las partidas de futbol y su grupo de amigos, pero la andanza diaria por las calles de la serrana ciudad, cada día más dura, llenas de caos como las de cualquier ciudad nuestra, devenidas en una válvula de presión, lo incorporaron como un número más, a las estadísticas generalizadas, y de la noche a la mañana, se convirtió, en lo que es hoy, un inmigrante.
     Yo, el padre viejo, el papá abuelo, al principio no lo entendía. Para mí siempre el inmigrante había sido Abdul, el prospero libanés dueño de cuatro zapaterías contiguas en la cuadra de los árabes, allá en mi pueblo natal, o don Francesco, el sastre italiano de la esquina, o Juan Camilo, el letal delantero de los juegos dominicales, llegado desde Medellín recomendado en tiempos de aquella otrora bonanza cafetalera como capataz de la Hacienda “El Recodo”, quien en noches de verano recreaba en los bancos de la vieja plaza, su amor por la poesía de Neruda y de Machado, fiel además por el folklore irreal de García Márquez; definitivamente, una visión muy particular, y que había soldado sólidamente en mi imaginario, con las imágenes televisivas de la exitosa serie brasilera “Terra Nostra, transmitida por Televen hace ya unos cuantos años, donde se dibujaban los amores y desamores de un grupo de italianos que comenzaban una nueva vida en el sur de Brasil a finales del siglo XIX y principios del XX.
     Pero no Luis. No mi hijo. Menos, apenas cruzando esa línea rebelde que conduce a la adultez, y sobre todo, nativo de esta privilegiada tierra que históricamente ha sido un polo apetecido de atracción de inmigrantes llegados de cualquier país foráneo, seducidos por tanto suelo fértil, oportunidades para trabajar y crecer económicamente, en esta especie a su modo de “milagro americano”. Los inmigrantes eran ellos, jamás nosotros.
     Pero llegó el día de la partida. Entre sollozos y abrazos colectivos de nuestra pequeña gran familia, y un sin fin de “Dios te bendiga”, en esa despedida forzada para Luis y sus hermanos menores, quienes a su corta edad, el Gabo y María no entendían las dimensiones reales de la distancia, tal vez aproximándola a un fin de semana por ejemplo; solo Daniel, ya adolescente también, se sabía separado de su hermano, amigo y compañero de tardes-noches de partidas tras partidas de futbolito.
     Vino el viaje de una, dos, tres, cuatro, muchas jornadas de carretera, comentado vía whatsapp condicionado por el WiFi con descripciones y fotos incluidas sobre las novedades, aventuras y desventuras vividas, tras la larga semana que conduce del norte semicaribeño al sur austral, acompañado con la nostalgia a flor de piel a ambos lados del corazón, del que se va y del que se queda. ¡Qué ironía!, ¡Luis a escasos diecinueve años ha recorrido más kilometraje de geografía urbana y rural efectiva que yo en mis cincuenta y dos!. Él los conoce de pasada y de ventana, en ese maratón andariego de vivir en un bus a trasbordos durante nueve días, mientras que yo solo me quedo en los nombres y la ubicación que me brindan mi colección de atlas y enciclopedias geográficas hojeados tantas veces.
     Debo reconocer que esos fueron días amargos, de angustiante miedo al desprendimiento, a algo desconocido. Con una camuflada y solidaria conjuntivitis, de más está decir muy oportuna, la infaltable voz quebradiza, el desgano y apatía social, deambulando pues sin querer entre el amor y el dolor, no me quedó otra opción que acompañar la nostalgia en las notas grises y sentidas de las canciones de Perales, Yordano, Nino Bravo y Serrat, mitigando su ausencia durante el viaje, recurriendo a evocar en el calor fraterno tantos momentos vividos de felicidad.
     Claro, ¿cuánto tiempo hace de cuando yo lo buscaba en la guardería y el preescolar y nos íbamos a terminar la tarde en el Parque Ciudad de los Niños o en el Mc Donald?. Algo así como quince años, aunque me parecen menos, porque el tiempo en estos tiempos pasa demasiado rápido.
     Ya al llegar mi hijo a su destino, la gran metrópoli austral de la costa pacífica sur continental, con su día a día de adaptarse a su condición de forastero, comencé a acostumbrarme a la relación en la distancia, a las video llamadas y al Messenger para vernos en unas pantallas que nos robotizan los movimientos y nos escuchamos asincrónicamente, pero que al fin y al cabo, nos oímos, sientiendose la profunda alegría de la “tropa”, cuando nos colocamos todos enfrente de la mini laptop para “dialogar” como dicen ahora “en tiempo real” con Luis, y que lleva a Gabo a preguntarle, con la propiedad y el derecho que le da la inocencia de sus cuatro años: “¿Vienes el viernes?”, como si estuviera a la vuelta de la esquina y no en las antípodas; si, una relación a través de mensajes constantes que nos acercan aun cuando nos encontremos a 6.996 kilómetros de carretera de separación.
     En estos meses transcurridos, mi intuición y mis canas perciben a ese mozalbete más maduro en la vida, pareciera que ha crecido en años, en tamaño y en conciencia, aunque mida el mismo metro setenta; seguro que ya no es el mismo “carajito” que se fue, ahora es un joven tenaz, ecuánime, sensato. Diría mi abuelo Rufino, “echao pa’ lante”, y así anda por esos caminos ya en “la pega” como le dicen allá a trabajar, empleado en “cosas” que hace poco no sabía hacer, pero que las hace abriendo camino hacia un porvenir, y que el mes pasado lo llevó a ser seleccionado en su trabajo como el “Empleado del mes”. Lucho, como le dicen sus nuevos amigos sureños, igual que al viejo cantante de boleros, se muestra orgulloso en las fotos que me envió, posando al lado de una cartelera en la cual en el centro se distingue su rostro, su nombre sobre un comentario favorable, portando en su franela el pin de reconocimiento con el logo empresarial, que a pesar de ser el de menor edad demostró su eficiencia y rendimiento.
     Y él y yo felices de saber que hace lo que debe hacer, resumido en el Decimo Primer Mandamiento de la Ley de Nuestra Familia: “actuar bien por sobre todas las cosas”, luchando contra los estereotipos negativos y amarillistas que por desgracia siempre acompañan a los inmigrantes, alimentando y ensanchando a esa extraña palabra llamada “xenofobia”. Siempre “pa’ lante”, por que como sabrosamente cantan Yordano y Canelita Medina, “somos de madera fina”.
     Ya mañana será diciembre, pleno de días festivos por la natividad de Jesús, atiborrado de luces, olores y colores que alegran el espíritu de todo niño que entre aguinaldos y villancicos espera al igual que todos, sin distingos socio-económicos, algún regalo prometido por ellos mismos, y Luis estará allá, compartiendo con sus primos que también viajaron en esta diáspora sin razón de ser, a Dios gracias reencontrados para hacerse un espacio cálido filial en la ausencia familiar, conscientes que allende las montañas, un hogar con fervor los espera. Y tal vez este diciembre será triste y diferente; imagino cuando el viejo Betulio cante sus gaitas de todos los años, del amor, de los hijos ausentes y de la alegría de Navidad y Año Nuevo, y yo crea que las compuso pensando en nosotros. Ya no será este año, pero con esperanza y optimismo, en otras navidades próximas él estará presente.
     Es por eso que hoy comprendo, que no solo Luis es un inmigrante, sino que también yo lo soy. Aunque estoy en la “ciudad de las mieles eternas”, me siento un extranjero en mi propia tierra, ya que habito un espacio desconocido antes para mí, al ser padre de un hijo en lejanas tierras, aunque esto sea tan común por estos tiempos en estos lares.
     Por fin, valió la pena insistir: me acaba de llegar un mensaje de Luis por Facebook. Está en línea y no voy a perder el divino instante de contarnos hasta que el internet lo permita, los avatares del día…

     José Urbina Pimentel
            2018

lunes, 19 de noviembre de 2018

LA LITERATURA Y EL ARTE DEL SIGLO XIX EN VENEZUELA Y SU INFLUENCIA EN LA CONSTRUCCIÓN DE UN IMAGINARIO CULTURAL REPUBLICANO

Literature and art of the nineteenth century in Venezuela and its
influence on the construction of a republican cultural imaginary
José Urbina Pimentel

RESUMEN
La ruptura con el orden colonial en el territorio
de la Capitanía General de Venezuela, como
resultado del proceso de independencia,
trae consigo la gestación de un estado de
caos e incertidumbre generalizado, en el
cual se impone el fenómeno del caudillismo.
En este artículo, se plantea, como surge
entonces, durante el siglo diecinueve, el
comprometido aporte del sector intelectual,
a través del desarrollo del arte, en las
disciplinas de literatura, pintura y escultura
para forjar las bases de un imaginario cultural
republicano, que permite el reconocimiento
y afianzamiento de un ideal nacional,
simbolizado en el sentimiento colectivo de la
venezolanidad. Adicionalmente, cada sujeto
histórico imprimió de forma subjetiva su
apreciación de los hechos, por lo que puede
decirse, que el imaginario cultural venezolano
tuvo influencia de índole colectiva de su
intelectualidad, como elemento de transición
entre un modelo colonial impuesto y un
modelo republicano por construirse.
Palabras claves: Imaginario cultural
republicano, literatura y arte del siglo XIX en
Venezuela, patrimonio histórico, identidad
nacional, venezolanidad.

ABSTRACT
The break with the colonial order in the
territory of the General Captaincy of
Venezuela, as a result of the process of
independence, brings with it the gestation of
a state of chaos and generalized uncertainty,
in which the phenomenon of caudillismo is
imposed. In this article, it arises, as it arises
then, during the nineteenth century, the
committed contribution of the intellectual
sector, through the development of art,
in the disciplines of literature, painting
and sculpture to forge the foundations of
a republican cultural imaginary, which It
allows the recognition and consolidation
of a national ideal, symbolized by the
collective sentiment of Venezuelan identity.
Additionally, each historical subject imprinted
his appreciation of the facts in a subjective
way, so it can be said that the Venezuelan
cultural imaginary had collective influence of
his intellectuality, as an element of transition
between a colonial model imposed and a
republican model to be constructed.
Key words: Republican cultural
imagination, literature and art of the 19th
century in Venezuela, historical heritage,
national identity, Venezuelan identity.

Artículo recibido el 06 de julio de 2017 y aprobado el 25 de agosto de 2017

José Urbina Pimentel (Boconó, 1965). Licenciado en Historia, Licenciado en
Educación, Magister Scientiarum en Gerencia Educativa, Especialista en Planificación
Educacional. Profesor Universitario en la Universidad de Los Andes (1995-
1998), Universidad Católica Cecilio Acosta (2003-2017), Universidad Pedagógica
Experimental Libertador (2003-2017) y de Secundaria en liceos de Mérida (1996-
2017).

REVISTA ESTUDIOS CULTURALES
VOL 10, N°20. Julio-Diciembre 2017

La literatura y el arte del siglo XIX en Venezuela y su influencia en la construcción de un imaginario cultural
republicano. José Urbina Pimentel / pp. 163-170

Introducción
Las características que definen la venezolanidad, ha sido un tema de interés para
investigadores de la cultura y la historia nacional durante años, tomando en cuenta la
simbología y el patrimonio con los cuales se relaciona y se ha definido en el transcurso
de su proceso evolutivo como república independiente. Venezuela, al igual que el resto
de países latinoamericanos, es una nación relativamente nueva, con un pasado colonial
temporalmente más extenso, y un proceso prehispánico que se remonta a miles de
años, y que plantearon la génesis cultural para un mestizaje y un sincretismo que hoy
la caracteriza. De manera tal, que la búsqueda de un sentido de cohesión colectiva
nacional ha sido el producto de la participación, el empeño y los aportes de diferentes
sectores de la sociedad venezolana, incluyéndose instituciones y particulares.

La búsqueda de un imaginario cultural venezolano.
La independencia de Venezuela desarrollada a principios del siglo XIX y que lleva a
la creación del Estado nacional en 1830, significa una ruptura con el orden colonial
establecido durante tres siglos por la Corona Española en el territorio conocido
inicialmente por Colón como “Tierra de Gracia” desde el siglo XV. Las diversas
estructuras políticas, jurídicas, económicas, sociales y culturales responden durante
toda la época colonial a una serie de pautas definidas, impuestas y monopolizadas
por los intereses del Estado imperial español, y que estuvieron caracterizadas a lo
largo del periodo, por una fuerte tendencia a la estabilidad de la sociedad durante tal
momento histórico.
Ahora bien, la larga guerra emancipadora iniciada en 1811 y que culmina en 1823,
con la toma de la plaza de Puerto Cabello “…el 8 de noviembre del mismo año,
cuando las fuerzas republicanas, mandadas por el general en Jefe José Antonio Páez,
la rindieron e impusieron una capitulación a sus defensores” (Bencomo, 1992: 399),
corta abruptamente con el funcionamiento de la sociedad colonial, imponiéndose
como consecuencia una crisis socio-política y una anarquía gubernamental, que se
expresa por medio del surgimiento del fenómeno del caudillismo.
Es así, que en la década de los años veinte del siglo decimonónico, se produce el
triunfo de la causa patriótica, concretamente con los últimos enfrentamientos que se
desarrollan en suelo venezolano, a partir de la Batalla de Carabobo de 1821, los cuales
implican un fuerte golpe que desgasta a las tropas realistas y se mantendrán con una
tímida presencia en el suelo venezolano, tomando algunas ciudades, hasta su derrota
total en 1823 y la incorporación del territorio al proyecto grancolombiano en calidad de
departamento, el cual tiene su génesis ya en 1819 en Angostura por iniciativa de Bolívar.
Posteriormente, una serie de fuertes contradicciones, oposiciones e intereses políticos
regionales y caudillescos conduce a la república amplia ideada por Bolívar a su
desestabilización y desaparición entre 1829 y 1830. Surge entonces el Estado venezolano,
cuando “…el 13 de enero de 1830, se constituyó un gobierno provisional, presidido
por Páez…” (Rodríguez, 1992: 13), que se autoriza meses después en octubre, al ser
sancionada la Constitución de 1830, oficializándose la República de Venezuela. Debe
considerarse que la historiografía nacional, no le ha brindado la relevancia necesaria a
estas fechas, que forman parte esencial del nacimiento del Estado-nación.
Ahora bien, los cambios que se producen con la emancipación van más allá de lo
político, ya que, para la población es una situación totalmente novedosa y radical,
luego de una larga tradición colonial de tres centurias. La sociedad colonial tiene como
característica fundamental una gran estabilidad en el funcionamiento de todos sus
órdenes, además de mantenerse profundamente apegada a un pensamiento basado
en los rígidos valores de la fe cristiana, de la cual, el Imperio Español desde la época
de los Reyes Católicos y, sobre todo, por medio del proceso de la contrarreforma
impulsada por Felipe II, se convierte en su más férreo defensor.
Comienza entonces la República, con la necesidad de edificarse, de materializarse y
de llenar un profundo vacío político, contrastante con la situación anterior. Romper
con la Colonia implica un rechazo a lo hispano, no sólo en la relación política, sino
en lo cotidiano y vivencial. Al ciudadano común se le presenta la única opción de
adaptarse a nuevos tiempos. Pero, para la clase política, los nuevos líderes, implica
el reto de responder a la ardua tarea de emprender la gobernabilidad política de un
amplio territorio.
Ante este reto, existe un problema: el enquistado fenómeno del Caudillismo. El
caudillo es expresión del caos y la anarquía al atomizar el poder: la autoridad de
derecho reside en Caracas representada por la figura presidencial y su legalidad
constitucional, pero, de hecho, en cada localidad existe un jefe político, que impone
sus propias normas como dinámica socio-política-cultural. Toma la constitución
un claro sentido de letra muerta. En fin, se hace imprescindible la construcción
de una nueva nación sobre los restos de un proceso anterior cuyas sólidas bases
estructurales han sido fuertemente resquebrajadas. Dentro de este ideal de forjar las
características identitarias de la nación (nacionalidad) en ciernes, se encuentran los
aportes del sector intelectual y artístico por medio de la realización de una serie de
obras fundamentales, y que han trascendido en el tiempo para recrear el país ideal.
En tal sentido, desde el plano literario como de la expresión plástica, aparecen
notables contribuciones que paulatinamente sumarán elementos para lograr el
arraigue popular, para la identificación de un colectivo con el sentirse venezolano:
es decir; el surgimiento de un sentimiento y un accionar que se define como la
venezolanidad, como base de la nacionalidad venezolana. Un conjunto de escritores,
novelistas y poetas, historiadores, pintores y escultores del siglo XIX, producen obras
que engrosan el ideal venezolano. Es característico el hecho de que en la producción
intelectual y artística se exalta el valor patrio y se utiliza una visión romántica que
enaltece y magnifica los hechos de la guerra de independencia, promoviendo el culto
a los héroes y el sentimiento patrio.
A principios del siglo XIX, la actividad literaria en Venezuela es limitada, debido a
que gran parte de los intelectuales se involucran directamente en el proceso bélico;
pero, sí se hace posible el desarrollo de un periodismo que se basa en la defensa de
las ideas libertarias; es importante recordar que, a raíz de la llegada de la imprenta
a Caracas en 1808, comienzan a importarse tales máquinas hacia las principales
ciudades y pueblos del territorio. Durante la época independentista va a destacar
de manera importante la prolífica actividad epistolar que redacta Simón Bolívar en el
ejercicio de su función como estadista y líder militar, así como en lo referente a sus
relaciones interpersonales; serían sus edecanes y más cercanos allegados, quienes
posteriormente se dan a la acuciosa tarea de recopilarlos como documentos oficiales
y memorias, tal es el caso de Daniel Florencio O’Leary.
En cuanto a la narrativa, predomina un estilo romántico, teniendo un carácter de
instrumento pedagógico y de construcción de la identidad nacional, apareciendo en
este sentido escritores como Eduardo Blanco, Manuel Vicente Romero García, Juan
Antonio Pérez Bonalde y Fermín Toro, entre otros. Va a destacar como responsable
fundamental de la construcción épica, Eduardo Blanco, con su “Venezuela Heróica”
en la cual describe la epopeya venezolana de la guerra emancipadora, cargada de
poesía y subjetividad con un interés manifiesto por encender el patriotismo entre
sus contemporáneos, lo cual va a trascender a generaciones posteriores. Blanco es
contundente al afirmar que “Sobre doscientos mil cadáveres levantó Venezuela su
bandera victoriosa; y como siempre en los fastos modernos, la República esclarecida
en el martirio se irguió bautizada con sangre” (Blanco, s.f.: 17).
En sí, puede afirmarse que “Venezuela Heroica” viene a representar la novela patriótica
por excelencia, de este proceso dedicado a recrear y enaltecer la independencia nacional.
También tendrá una importancia fundamental en la construcción de la noción de la
nacionalidad venezolana, el surgimiento y desarrollo de una historiografía republicana,
que se plantea romper con el estilo impuesto durante el período colonial, el cual se
basa específicamente en las interpretaciones efectuadas, en los primeros tiempos de
la Colonia, por los cronistas y conquistadores, y más adelante, por funcionarios de la
Corona, que expresan la narrativa histórica desde una perspectiva psicológicamente
hispana, con el fin de explicar a Europa, las realidades y vivencias de la colonia americana.
En los primeros años de la república, durante la llamada oligarquía conservadora, bajo
la egida paecista, resalta la propuesta de Rafael María Baralt de investigar y escribir
sobre la historia y geografía de Venezuela, a petición oficial del presidente Páez y de
Agustín Codazzi, partiendo de la necesidad de construir una historia patria, con una
temática que brinda importancia primordialmente a los hechos de la independencia,
adentrándose en su valor heroico: “Así nace, con la participación de Ramón Díaz
Martínez, el Resumen de la Historia de Venezuela en 3 volúmenes, publicado en 1841
en París, adonde había viajado Baralt comisionado por Codazzi, para ayudar a la
elaboración y edición de los trabajos emprendidos” (Rodríguez, 1992: 297).
Más que historia crítica se escribe durante esta época, historia política, en la cual
el elemento romántico destaca e incentiva el amor por la patria y sus héroes y sus
hazañas. Participan además de esta vertiente historiográfica: Juan Vicente González,
Felipe Larrazábal, Felipe Tejera y el sacerdote y militar José Félix Blanco. Este último
obtiene el rango de prócer de la independencia por su participación en la misma.
Blanco, al principio con funciones de Capellán del Ejercito Libertador, toma la
decisión de dejar de lado la vida eclesiástica, optando por la aventura castrense de
comandar tropas; ya en sus últimos años, se dedica a recopilar, organizar y comentar
los documentos de la independencia y la actuación pública de Bolívar.
Esta postura historiográfica con sentido epopeyico, abre el camino para el posterior
surgimiento de una corriente positivista que busca en los hechos, el basamento
científico por encima de la subjetividad personal, y que tiene su confirmación
institucional con la creación en 1888 de la Academia Nacional de la Historia, durante
la presidencia de Juan Pablo Rojas Paúl.
Otro aporte determinante dentro de este proceso integral de forjar una nacionalidad
pertenece a la pintura. En el período colonial dicha actividad plástica se caracteriza por
tener como centro de inspiración artística la religiosidad católica, por lo que se hacen
fundamentalmente representaciones pictóricas alegóricas a escenas bíblicas como la
natividad, la anunciación, la adoración de los reyes o la crucifixión, entre otras.
Es importante mencionar, que durante el siglo XVIII evoluciona una escuela
caraqueña, la cual viene a suplantar la importación de pinturas provenientes de la
Península Ibérica, o de las ya para la época reconocidas escuelas santafereña, quiteña,
limeña y cusqueña, para satisfacer la demanda de la Iglesia y de la clase mantuana.
Con la llegada de la Independencia, el tema de carácter netamente religioso cede
espacios a nuevos intereses artísticos. Va a ser determinante el aporte que realiza
Juan Lovera, pintor perteneciente durante gran parte de su vida al período de la
pintura colonial, pero quien, en su condición de testigo presencial del proceso en
desarrollo, retrata los acontecimientos del 19 de abril de 1810 y 5 de julio de 1811,
que a la larga serán sus cuadros más famosos. Lovera, quien historiográficamente es
reconocido como el pintor de los próceres venezolanos, al retratar entre otros a
Bolívar, Páez y Vargas, vive en la coyuntura entre ambas tendencias artísticas.
Debe mencionarse que Bolívar fue retratado por reconocidos pintores en diferentes
momentos de su vida, así como luego de su fallecimiento, dentro y fuera de
Venezuela. “También lo retrató el artista venezolano Juan Lovera, inspirándose en
el lienzo de Gil de Castro que poseía María Antonia Bolívar; uno de los oleos de
Lovera, que permaneció durante siglo y medio en manos de sus descendientes,
se halla hoy en la residencia presidencial La Casona…” (Uslar, 1992: 406). Otro
pintor fundamental relacionado directamente con la emancipación fue Carmelo
Fernández, un sobrino de José Antonio Páez, con una tendencia eminentemente
paisajista. Fernández queda reconocido para la posteridad por realizar los retratos
más divulgados de Simón Bolívar, los cuales realiza luego de la muerte del héroe.
Posteriormente, surge una generación de pintores que se encargan de recrear
visualmente las más importantes batallas de la independencia, entre ellos: Pedro
Castillo, autor de “Las Queseras del Medio”; Martin Tovar y Tovar con “La Batalla de
Carabobo” y “La Firma del Acta de la Independencia”, además de las pertenecientes a
la denominada Campaña del Sur, como son “Boyacá”, “Junín” y “Ayacucho”; Cristóbal
Rojas, el autor de “La muerte de Girardot”; y Arturo Michelena quien plasma el
encierro y soledad de “Miranda en la Carraca”. Paradójicamente, esa imagen aportada
por Michelena para la posteridad histórica y la memoria colectiva de un Miranda
preso en su celda de Cádiz, la hizo con el apoyo de un modelo real, que no es otro
sino Eduardo Blanco, el celebérrimo autor de la mencionada “Venezuela Heroica”.
Son obras que magnifican e idealizan una guerra en la cual las tropas no son tan
numerosas, ni tan bien uniformadas, ni tan bien armadas, por lo que parecen más
bien copiar escenas de las realidades bélicas europeas del momento, basadas en las
campañas napoleónicas, pero las cuales se convierten a la larga, en la memoria gráfica
del venezolano sobre la visión de la guerra independentista. De manera tal, que estas
pinturas retrotraen el imaginario colectivo de aquellos años de lucha.
En cuanto al arte escultórico, la independencia del territorio supone también una
ruptura con la tradición colonial de esculpir tallas netamente religiosas, dirigidas a
ambientar las iglesias y los acostumbrados espacios reservados a la oración de las
casonas particulares, en forma de nichos y altares.
A mediados del siglo XIX se retoma el interés por rendir culto a la figura de Simón
Bolívar, luego de que su exilio y veto político propiciado por su enfrentamiento con
Páez, va a ser suspendido. Han transcurrido prácticamente quince años, desde los
tiempos de La Cosiata, en los cuales la idea, existencia y afecto por Bolívar son proscritos
del territorio venezolano, señalado bajo la acusación de traidor a la patria.De manera
tal que, en diciembre de 1842, el día 17, a los doce años exactos de su muerte, llegan a
Caracas los restos de Bolívar, repatriados por orden del presidente Páez, comenzando
de nuevo a ser reconocido como el Libertador y Padre de la Patria.
Las primeras esculturas de Simón Bolívar en Venezuela son realizadas por los artistas
italianos Pietro Tenerani, durante la época de las historiográficamente llamadas
oligarquías conservadora y liberal, y por Adamo Tadolini, quien, contratado por
Antonio Guzmán Blanco, erige en 1874, en la Plaza Bolívar de Caracas, la Estatua
Ecuestre de Bolívar, que sirve de marco de referencia para imitaciones que comienzan
a colocarse en otras plazas públicas de ciudades y pueblos del interior del país. De
hecho, anteriormente se presentan varias iniciativas por hacer estatuas y bustos de
Bolívar, mientras él está vivo, las cuales no llegan a concretarse. En tal sentido, puede
afirmarse que “La estatua ecuestre de Tadolini y la estatua de Tenerani, de pie…han
sido dominantes en la estatuaria del Libertador.” (Caldera, 1995: 151).
Es necesario mencionar dentro de esta génesis identitaria aupada por el sector
cultural, el rol cumplido por el Estado venezolano, al brindar carácter oficial a la
simbología nacional, decretándose en diferentes momentos históricos a la Bandera,
al Escudo de Armas y al Himno, como emblemas nacionales, es decir, brindándoles
la categoría de Símbolos Patrios. Por otro lado, la gestión modernizante y progresista
de Guzmán Blanco debe ser tomada en cuenta por su empeño en desarrollar una
arquitectura majestuosa, palaciega, marcada por su tendencia a imitar la estética
urbana francesa, siendo el Capitolio Federal y el Panteón Nacional los edificios más
representativos de este periodo.

Conclusión
En conclusión, el siglo XIX, republicano, caudillista y postcolonial es entonces
determinante en la construcción de un ideal nacional, en la búsqueda de amalgamar
los sentimientos de un pueblo que sufre la crisis mental y sociocultural de la ruptura
con un orden y un estilo de vida impuesto tradicionalmente por más de tres siglos,
sirviendo además para la posterior consolidación de la identidad propia de un
gentilicio que se viene llamando de tiempo atrás “venezolano”, enriqueciéndose
y dinamizándose con los aportes adquiridos de carácter mestizos, culturales,
idiosincráticos de la contemporaneidad.
Existe en tal sentido, toda una infraestructura artístico-cultural que aporta además de la
fuerza y de la belleza de las ideas y de las palabras, así como de la recreación estética,
una carga de valores subjetivos para unificar la naciente república. En líneas generales,
la estrecha relación cultura-arte-tradición como pioneros en la construcción de un
espacio colectivo: el ser y sentirse “venezolanos”.

Referencias
Bencomo, H. (1992) Revolución Independentista. En: Diccionario de Historia de
Venezuela. Caracas, Venezuela, Fundación Polar, Primera Reimpresión, Tomo III.
Blanco, E. (s. f.) Venezuela Heroica. Caracas, Venezuela: Bloque de Armas.
Caldera, R. (1995) Bolívar Siempre. Caracas, Venezuela: Academia Nacional de la Historia.
Rodríguez, A. (1992) Gobiernos de José Antonio Páez. En: Diccionario de Historia de
Venezuela. Caracas, Venezuela: Fundación Polar, Primera Reimpresión, Tomo III.
Rodríguez, O. (1992) Rafael María Baralt. En: Diccionario de Historia de Venezuela.
Caracas, Venezuela: Fundación Polar, Primera Reimpresión, Tomo I.
Uslar, A. (1992) Simón Bolívar. En: Diccionario de Historia de Venezuela. Caracas,
Venezuela: Fundación Polar, Primera Reimpresión, Tomo I

miércoles, 24 de octubre de 2018


Desde la Isla.

Si me guio por su nombre, lo primero que se viene a la cabeza, es el nombre de una isla portuguesa. Pero realmente Madeira, es más que una isla, un recuerdo. Una mujer especial. Tenía la irreverencia del andino, la petulancia agreste de quien pretende saberlo todo, además de la incongruencia de su nombre -igual pudo haberse llamado Italia, Francia, o quizás hasta Bélgica-, sin embargo debo señalar, que era más criolla que el turpial. Al mismo tiempo, se podía percibir en ella, alguna pasantía por el centro del país y sobre todo, la elocuencia  que poseen las personas que gustan de la lectura. Era así una amante de la poesía, por lo que hablaba como algo común de Baudelaire, de Rimbaud, de Guillén, de Vitier o de Fernández Retamar; nunca de Saramago. Y para hacer más cosmopolita su personalidad, gustaba de la buena música; o mejor dicho le deleitaba, aunque no sé si sabia de la existencia del fado.
            En sus expresiones no había extravagancias ni altisonancias, sólo salía a relucir su nombre: Madeira, ese pedazo de la Europa insular paseándose por Venezuela. De esa época, tan cercana en mi memoria, como tan lejana en años, tengo muchos recuerdos, unos más prolijos que otros. Por ejemplo, uno de esos días de tropel fuimos a ver el trapío que tienen los toros de lidia, una corrida de toros, el toreo en su máxima expresión, o lo que es lo mismo, el corazón de la España profunda. Para algunos, entre lo que me incluyo, es una fiesta, mientras que para otros es la apología a la muerte, una especie de perversidad minotauriana; realmente no sé quien tiene la razón, lo cierto, que fuimos a una corrida, en una de esas tardes en que Mérida y el dios Sol, se hacen uno sólo.
Ya en la plaza de toros pudimos ver la corneada que sufrió el torero español Antonio José Galán. La tarde transcurría entre vinos y licores, haciendo uso de un aparejo muy español, como es la bota, una especie de cuero contenedor de la mezcla de los elixires etílicos. Y por supuesto, fácilmente nos dirigimos a los dominios del dios Baco, padre eterno de la uva, la caña, la cebada y la malta fermentadas, con la potestad de cambiar en los humanos la perspectiva del mundo.
Puedo decir, que en ese momento, estaba yo en las riberas donde el Duero se transforma Douro, porque estaba disfrutado por un lado de la España señorial -casi en El Escorial, acompañado por Madeira y por los gritos de la muchedumbre de óle, óle, óle-, y por otra parte pisaba Portugal, aunque solamente fuese un nombre -digresiones de la vida-. No más está decirlo, España y Portugal unidos en la Plaza Román Eduardo Sándia de Mérida -la venezolana, no la extremeña, ni la yucateca–; por supuesto que no nos encontrábamos en la Monumental de las Ventas, ni tampoco viendo el rejoneo o toreo de Jaca que se lleva a cabo en tierras lusas, sino acá en este otro lado del charco, en los dominios de la diosa Chía del ande venezolano, en los vítores grisáceos de la leyenda de las cinco águilas blancas de don Tulio.  
Al día siguiente de haber ido a la tarde de toros, pude ver que los diarios locales titularon como “monumental” la faena del francés Nimeño II, en la que el diestro logró el indulto del toro. No hay mayor desafiante atino, en la historia de la humanidad, que el indulto de un toro, puesto que, salir vivo de la plaza un astado es la hazaña más memorable que se pueda vivir, es como salir vivo en una guerra, cuando se está luchando contra el enemigo en la primera línea de combate -vene, vidi vinci-. Lo cierto, que entre muletazos, pases de pecho, girondinas, Nimeño II logró convencer a toda la plaza incluyendo a la Presidencia -así se llama en el mundo taurino a quien tiene la potestad de dirigir todo lo referente a una corrida-. Sólo doce minutos dura una faena, en ella puede pasar de todo: toreros corneados, correr la sangre por la arena, como en las líneas escritas por Hemingway aludiendo el piso manchado de rojo, puede el toro saltar las tablas y salirse hacia el pasillo o peor aun hacia las tribunas y en última instancia, puede llegar no sólo a sentirse en la plaza, el rigor mortis del toro o del torero.
Poco a poco me fui haciendo aficionado a la fiesta brava en máxima expresión. Ahí estaba ese lugar en que en muchas tardes se daba la fusión entre Portugal y España, eran lusos e ibéricos juntos.  Digo que me fui haciendo aficionado, porque en la terminología taurina, ser aficionado es ser experto en toros, es saber sobre la esencia de la corrida; al fin y al cabo un título “académico” extraño de obtener debido a que uno mismo es quien se lo otorga. Se produce el fenómeno interno, en el que, en nombre de no se cual República -me imagino que la de España- y por autoridad de mí propia ley me otorgo el título de aficionado taurino –yoismo al ciento por ciento–, o como dice un amigo: ego, maldito  ego.           
Por otro lado, la amistad, con Madeira,  producía otro encuentro -ya no en la península ibérica-, esta unión era entre galos y lusos. Si, así como lo digo, una confluencia cultural entre franceses y  portugueses. Que les puedo decir, esto se daba en la visitas sabatinas a una tasca que por nombre tenía el muy gutural y afrancesado nombre de Le Petit París, lo mejor de París, la ciudad luz  en Mérida -no en catorce horas de vuelo-, sino en apenas minutos del centro, vía al Parque Los Chorros de Milla. Era una tasca, sombría, casi decadente, que ya había pasado sus mejores tiempos y que como todo lo decadente, gustaba mucho a los estudiantes universitarios. No sé el por qué tenía este alusivo nombre, puesto que para nada se escuchaba dentro sus espacios música francesa, y puedo dar fe, nunca bailé bajó los acordes de música de Edith Piaf o Charles Aznavour; la música que el disk jockey colocaba para escuchar y bailar, iba desde Rubén Blades, las Estrellas de Fania, hasta Los Melódicos y Fernandito Villalona; igualmente, era la época de Adrenalina Caribe. También se escuchaba música en inglés como: Escaleras al cielo de Led Zepellin, Eclipse total del amor de Bonnie Tyler, o la infaltable Hotel California.
Tampoco había en su decoración, algún objeto que hiciera alusión a Francia. Ni una banderita francesa a la vista o escondida, ni una foto de la torre Eiffel (cómo se sentiría de ofendido Gustave Eiffel, que en lo mejor de un Paris cualquiera, no estuviera a la vista de todos, su famosa torre). Algo así, como ir a una tasca española, y no se vea un cartel de toros en la pared, ni una banderilla, ni un jamón serrano,  aunque sea en versión plástico o cerámica, o por lo menos, el olor a papas de una tortilla con chistorras.
Así era Le Petit Paris. Mas alemana que francesa, con mas cerveza que vino, lo más digno de la cultura alemana. Un Le petit Octuber Fest mas bávaro que parisino, alejado de los bares y cafés de alguna rue de Montmartre. Un Le Petit hibrido y tropical. 
Ya hablando de Madeira, había una canción que hacía honor a su nombre, y siempre sonaba religiosamente -casi en los albores de la cotidianidad-. Cada noche del sábado, el disk jockey hacia juego con el canto de Yordano di Marzo -sonoridades de la trova nocturna-. Eran cantos nada parecidos a las notoriedades acústicas del fado. Y por muchos años las estrofas de Madera Fina eran para mí un conjunto de apotegmas, cadenciosas, poseedoras de las disparidades sonoras de una confluencia musical que representó la época de los ochenta.  Sin embargo, lo mejor de todo era la unión que se producía entre el nombre de Madeira y la Madera fina de Yordano, eso me permitía tomarme no sólo la cerveza, sino la licencia musical, de inventarme mi propia canción, Madeira fina.

Alexis José Urbina Pimentel
         Boconó, Venezuela (2018)

miércoles, 5 de septiembre de 2018

La portucruzana.


     No sabía yo que para poder entrar al mundo de la lectura poética, debía estudiar una carrera universitaria diametralmente opuesta a la Literatura, paradojas de la vida. Como estudiante de Biología, pronto me fui convirtiendo en adepto lector de poesía. Puedo afirmar, que su explicación, la encuentro con certeza, en el día en que conocí a una joven estudiante de la Escuela de Letras de la Universidad de Los Andes.   
     Sucedió una tarde, casi noche, encontrándome en la parada de autobuses en plena Avenida Universidad. Esperaba el anhelado transporte, cuando de pronto una voz fina se dejo escuchar. Era una joven de aproximadamente veinte años, de cabello castaño claro, tez blanca pero bronceada, con unos ojos profundamente azules, de estatura media, y una delgadez eterna.
     De repente dijo -¿vas al centro?
     Y con la timidez natural de todo estudiante de primer semestre, le contesté:
     - Si, voy  al centro -.
     Entablamos poco a poco una amena conversación. Me dijo su nombre, aunque hoy día no lo recuerdo. Que era de Puerto La Cruz, y estudiaba segundo semestre de Letras. Vivía en el centro de Mérida, específicamente en la Calle 22. Y así fue como la conocí.
     Transcurría la tarde, y el transporte universitario no aparecía por ningún lado. Fue entonces cuando me dijo que bajáramos caminando al centro de la ciudad. Acepte, y comenzamos a caminar. Con paso lento atravesamos toda la Avenida. Comenzó a hablarme de su gusto por la poesía. Me habló que su autor favorito era Rainer María Rilke, afirmando que la gran obra de este poeta fue Las Elegías del Duino. Y que era un poema hermoso que contenía una gran carga humana. Definitivamente era una clase improvisada sobre el tal Rilke. Mencionó que las Elegías eran diez, y con tanta información, me sentía atribulado. Que ironía, para un joven que en esos días se iniciaba en la ciencia, y solamente podía imaginar células, mitocondrias y retículos endoplásmicos. Sin embargo, todo lo dicho por ella me maravilló.
     Seguíamos caminando, hace rato habíamos pasado el antiguo Cine Tibisay, y al final de la Avenida Universidad, en plena Redoma, la miré y la vi hermosa. Más Abajo en Plaza Milla, comenzó a llover y pregunté a la sentida poetiza, si le importaba que lloviera, contestando pausadamente que no, que más bien le encantaba caminar bajo la lluvia.
     En acto seguido procedió a quitarse los zapatos para disfrutar de la lluvia merideña, de la brisa, como le llaman los oriundos de esa bonita ciudad y continuamos caminado. Ella seguía hablándome de las elegías, como si fueran propias. Que la primera trataba de… Que la segunda… Que la tercera era más… Que la cuarta… Que la quinta… Que la sexta… Que la séptima… Que la octava… Que la novena… Que la décima…
     Todo lo expresaba con una sentida carga poética. A veces con amor, a veces con dolor, y otras tantas con pasión. Se unía en ella el desenfreno de Rilke.
      Así percibí a esta muchacha, que los albores del destino la llevaron a estudiar a cientos de kilómetros de su hogar. Venía de tierra caliente, del sol, de la playa, de las olas, del chipichipi, del tambor, del juego de truco, de las empanadas de cazón. Traía consigo tanto trópico, pero en ese momento, la arropaban las montañas, los cóndores eternos, la agraciada ingenuidad de Juan Félix Sánchez, las nieves de don Tulio, las calles bulliciosas de centro de la Mérida cosmopolita, el canto del cristofué, la leyenda de la india Tibisay, las heroínas que se aguantaban a los estudiantes en sus parrandas nocturnas, y Amador y su combo.
     La lluvia continuaba, tan cumplida como arropadora, y las Elegías seguían estando en el ambiente. Podía percibirse por lo contado, la desgarbada figura de Rilke, padeciendo desordenes psicológicos. Ella trataba de explicarme que el poeta comenzó con su primera elegía en 1911, y que culminó su décima y última elegía en 1922. Parecía demasiado tiempo, no obstante, si el buen vino amerita un  añejamiento de largos años, también una obra de trascendencia, también necesita del depuramiento que sólo el tiempo puede dar.  
     Al llegar a la puerta de la casa, donde vivía la “Rilke de los ochenta”, estábamos completamente mojados por tanta lluvia. La percibí más hermosa que antes, con su cabello estilando, la ropa ceñida al cuerpo. Parecía una leona mojada. La belleza femenina en su máximo esplendor.
     Su despedida fue tajante:
.-Nos vemos el próximo jueves… ojala llueva. Siempre estará Rilke, pero ese día nos acompañara Walt Witman. Ciao.      

Alexis José Urbina Pimentel
               Boconó, Venezuela (2018)


sábado, 1 de septiembre de 2018

Por la ruta del silencio.


El sabor de tu cabello

Sabor  a ti tengo en mis labios, 
dulce a melancolía,
fresca aun la canción
emanada de Fausto enamorado
en verbo arrítmico y sonoro,
como todos los hombres
buscando el sabor de tu cabello.

                                                                                         José Urbina Pimentel
  1994


Ausencia

Se me agotan las noches para recordarte,
desde el instante fugaz
en que llegaste
sonriendo soledades y distante de la razón.
Mientras yo te sueño
por los abismos diurnos,
duermes profundamente una soledad de madrugada,
para despertar hambrienta de mí.

                                                                           José Urbina Pimentel
   1994


Luz

Despierto ahorcado de palabras,
mudas, necesarias tal vez,
escarbando en el recuerdo de una cerveza solitaria
la luz sacra que alumbró ayer un espíritu temporal y viajero,
y solo son sueños etéreos
danzando en el verbo y una añeja sonrisa.

                                                                                      José Urbina Pimentel
       1994



Reclamo místico

De la primavera emergió una voz esparcida al sur
en alas de un vuelo cotidiano
gritando tímidamente
una angustia forjada en noches de marzo,
diluida en silencios prohibidos:
era la voz de Ulises en el reclamo eterno
y el fuego se apagaba
ante la brisa fría de septiembre otoñal.

                                                                             José Urbina Pimentel

     1994


Distancias

¿Cuántas lejanías eclesiales compartidas?
Postrados los pensamientos ante la cruz genuflexa,
irreverentemente inmiscuidos uno a uno,
solitarios de llanto febril,
latiendo la vida nueva.

                                                                            José Urbina Pimentel

       1996


Viacrucis

Viernes Santo, día de crucifixión
y tal Cristo fuiste llevado a la Cruz,                   
en desventaja,
tu dios, ciego a veces
te negó la resurrección.
No volverás de entre los muertos.
Tu tumba es tu casa,
tu la construiste
y si te levantas será para cargar eternamente
el peso lacerante de la fría cruz.
Nazareno hoy, hombre mundano ayer.
Dolor, muerte, tristeza, angustia, lágrimas, maldad,
rabia, sueños, mentiras, desilusión, camino y canción
son los doce  apóstoles que te acompañan en el largo calvario del destino.
Viernes Santo, día de crucifixión.

                                                                              José Urbina Pimentel

     1991



Verano

En estío, el sol iracundo
golpea en mortal silencio
las sensaciones de las palabras,
sin amordazar la razón
y todo día de júbilo pasa ser un solar oscuro de impaciencia.
El pensamiento vive en cada hormiga laboriosa
que desatiende el crujido de cada hoja seca,
persiguiendo los latidos de la tierra
como coro ardiente de ninfas del olvido.

                                                                                          José Urbina Pimentel

  1993