La literatura y el arte del siglo XIX en Venezuela y su influencia en la construcción de un imaginario cultural republicano.


REVISTA ESTUDIOS CULTURALES

VOL 10, N°20. Julio-Diciembre 2017

La literatura y el arte del siglo XIX en Venezuela y su influencia en la construcción de un imaginario cultural republicano. José Urbina Pimentel / pp. 163-170

Introducción
Las características que definen la venezolanidad, ha sido un tema de interés para
investigadores de la cultura y la historia nacional durante años, tomando en cuenta la
simbología y el patrimonio con los cuales se relaciona y se ha definido en el transcurso
de su proceso evolutivo como república independiente. Venezuela, al igual que el resto
de países latinoamericanos, es una nación relativamente nueva, con un pasado colonial
temporalmente más extenso, y un proceso prehispánico que se remonta a miles de
años, y que plantearon la génesis cultural para un mestizaje y un sincretismo que hoy
la caracteriza. De manera tal, que la búsqueda de un sentido de cohesión colectiva
nacional ha sido el producto de la participación, el empeño y los aportes de diferentes
sectores de la sociedad venezolana, incluyéndose instituciones y particulares.

La búsqueda de un imaginario cultural venezolano.
La independencia de Venezuela desarrollada a principios del siglo XIX y que lleva a
la creación del Estado nacional en 1830, significa una ruptura con el orden colonial
establecido durante tres siglos por la Corona Española en el territorio conocido
inicialmente por Colón como “Tierra de Gracia” desde el siglo XV. Las diversas
estructuras políticas, jurídicas, económicas, sociales y culturales responden durante
toda la época colonial a una serie de pautas definidas, impuestas y monopolizadas
por los intereses del Estado imperial español, y que estuvieron caracterizadas a lo
largo del periodo, por una fuerte tendencia a la estabilidad de la sociedad durante tal
momento histórico.
Ahora bien, la larga guerra emancipadora iniciada en 1811 y que culmina en 1823,
con la toma de la plaza de Puerto Cabello “…el 8 de noviembre del mismo año,
cuando las fuerzas republicanas, mandadas por el general en Jefe José Antonio Páez,
la rindieron e impusieron una capitulación a sus defensores” (Bencomo, 1992: 399),
corta abruptamente con el funcionamiento de la sociedad colonial, imponiéndose
como consecuencia una crisis socio-política y una anarquía gubernamental, que se
expresa por medio del surgimiento del fenómeno del caudillismo.
Es así, que en la década de los años veinte del siglo decimonónico, se produce el
triunfo de la causa patriótica, concretamente con los últimos enfrentamientos que se
desarrollan en suelo venezolano, a partir de la Batalla de Carabobo de 1821, los cuales
implican un fuerte golpe que desgasta a las tropas realistas y se mantendrán con una
tímida presencia en el suelo venezolano, tomando algunas ciudades, hasta su derrota
total en 1823 y la incorporación del territorio al proyecto grancolombiano en calidad de
departamento, el cual tiene su génesis ya en 1819 en Angostura por iniciativa de Bolívar.
Posteriormente, una serie de fuertes contradicciones, oposiciones e intereses políticos
regionales y caudillescos conduce a la república amplia ideada por Bolívar a su
desestabilización y desaparición entre 1829 y 1830. Surge entonces el Estado venezolano,
cuando “…el 13 de enero de 1830, se constituyó un gobierno provisional, presidido
por Páez…” (Rodríguez, 1992: 13), que se autoriza meses después en octubre, al ser
sancionada la Constitución de 1830, oficializándose la República de Venezuela. Debe
considerarse que la historiografía nacional, no le ha brindado la relevancia necesaria a
estas fechas, que forman parte esencial del nacimiento del Estado-nación.
Ahora bien, los cambios que se producen con la emancipación van más allá de lo
político, ya que, para la población es una situación totalmente novedosa y radical,
luego de una larga tradición colonial de tres centurias. La sociedad colonial tiene como
característica fundamental una gran estabilidad en el funcionamiento de todos sus
órdenes, además de mantenerse profundamente apegada a un pensamiento basado
en los rígidos valores de la fe cristiana, de la cual, el Imperio Español desde la época
de los Reyes Católicos y, sobre todo, por medio del proceso de la contrarreforma
impulsada por Felipe II, se convierte en su más férreo defensor.
Comienza entonces la República, con la necesidad de edificarse, de materializarse y
de llenar un profundo vacío político, contrastante con la situación anterior. Romper
con la Colonia implica un rechazo a lo hispano, no sólo en la relación política, sino
en lo cotidiano y vivencial. Al ciudadano común se le presenta la única opción de
adaptarse a nuevos tiempos. Pero, para la clase política, los nuevos líderes, implica
el reto de responder a la ardua tarea de emprender la gobernabilidad política de un
amplio territorio.
Ante este reto, existe un problema: el enquistado fenómeno del Caudillismo. El
caudillo es expresión del caos y la anarquía al atomizar el poder: la autoridad de
derecho reside en Caracas representada por la figura presidencial y su legalidad
constitucional, pero, de hecho, en cada localidad existe un jefe político, que impone
sus propias normas como dinámica socio-política-cultural. Toma la constitución
un claro sentido de letra muerta. En fin, se hace imprescindible la construcción
de una nueva nación sobre los restos de un proceso anterior cuyas sólidas bases
estructurales han sido fuertemente resquebrajadas. Dentro de este ideal de forjar las
características identitarias de la nación (nacionalidad) en ciernes, se encuentran los
aportes del sector intelectual y artístico por medio de la realización de una serie de
obras fundamentales, y que han trascendido en el tiempo para recrear el país ideal.
En tal sentido, desde el plano literario como de la expresión plástica, aparecen
notables contribuciones que paulatinamente sumarán elementos para lograr el
arraigue popular, para la identificación de un colectivo con el sentirse venezolano:
es decir; el surgimiento de un sentimiento y un accionar que se define como la
venezolanidad, como base de la nacionalidad venezolana. Un conjunto de escritores,
novelistas y poetas, historiadores, pintores y escultores del siglo XIX, producen obras
que engrosan el ideal venezolano. Es característico el hecho de que en la producción
intelectual y artística se exalta el valor patrio y se utiliza una visión romántica que
enaltece y magnifica los hechos de la guerra de independencia, promoviendo el culto
a los héroes y el sentimiento patrio.
A principios del siglo XIX, la actividad literaria en Venezuela es limitada, debido a
que gran parte de los intelectuales se involucran directamente en el proceso bélico;
pero, sí se hace posible el desarrollo de un periodismo que se basa en la defensa de
las ideas libertarias; es importante recordar que, a raíz de la llegada de la imprenta
a Caracas en 1808, comienzan a importarse tales máquinas hacia las principales
ciudades y pueblos del territorio. Durante la época independentista va a destacar
de manera importante la prolífica actividad epistolar que redacta Simón Bolívar en el
ejercicio de su función como estadista y líder militar, así como en lo referente a sus
relaciones interpersonales; serían sus edecanes y más cercanos allegados, quienes
posteriormente se dan a la acuciosa tarea de recopilarlos como documentos oficiales
y memorias, tal es el caso de Daniel Florencio O’Leary.
En cuanto a la narrativa, predomina un estilo romántico, teniendo un carácter de
instrumento pedagógico y de construcción de la identidad nacional, apareciendo en
este sentido escritores como Eduardo Blanco, Manuel Vicente Romero García, Juan
Antonio Pérez Bonalde y Fermín Toro, entre otros. Va a destacar como responsable
fundamental de la construcción épica, Eduardo Blanco, con su “Venezuela Heróica”
en la cual describe la epopeya venezolana de la guerra emancipadora, cargada de
poesía y subjetividad con un interés manifiesto por encender el patriotismo entre
sus contemporáneos, lo cual va a trascender a generaciones posteriores. Blanco es
contundente al afirmar que “Sobre doscientos mil cadáveres levantó Venezuela su
bandera victoriosa; y como siempre en los fastos modernos, la República esclarecida
en el martirio se irguió bautizada con sangre” (Blanco, s.f.: 17).
En sí, puede afirmarse que “Venezuela Heroica” viene a representar la novela patriótica
por excelencia, de este proceso dedicado a recrear y enaltecer la independencia nacional.
También tendrá una importancia fundamental en la construcción de la noción de la
nacionalidad venezolana, el surgimiento y desarrollo de una historiografía republicana,
que se plantea romper con el estilo impuesto durante el período colonial, el cual se
basa específicamente en las interpretaciones efectuadas, en los primeros tiempos de
la Colonia, por los cronistas y conquistadores, y más adelante, por funcionarios de la
Corona, que expresan la narrativa histórica desde una perspectiva psicológicamente
hispana, con el fin de explicar a Europa, las realidades y vivencias de la colonia americana.
En los primeros años de la república, durante la llamada oligarquía conservadora, bajo
la egida paecista, resalta la propuesta de Rafael María Baralt de investigar y escribir
sobre la historia y geografía de Venezuela, a petición oficial del presidente Páez y de
Agustín Codazzi, partiendo de la necesidad de construir una historia patria, con una
temática que brinda importancia primordialmente a los hechos de la independencia,
adentrándose en su valor heroico: “Así nace, con la participación de Ramón Díaz
Martínez, el Resumen de la Historia de Venezuela en 3 volúmenes, publicado en 1841
en París, adonde había viajado Baralt comisionado por Codazzi, para ayudar a la
elaboración y edición de los trabajos emprendidos” (Rodríguez, 1992: 297).
Más que historia crítica se escribe durante esta época, historia política, en la cual
el elemento romántico destaca e incentiva el amor por la patria y sus héroes y sus
hazañas. Participan además de esta vertiente historiográfica: Juan Vicente González,
Felipe Larrazábal, Felipe Tejera y el sacerdote y militar José Félix Blanco. Este último
obtiene el rango de prócer de la independencia por su participación en la misma.
Blanco, al principio con funciones de Capellán del Ejercito Libertador, toma la
decisión de dejar de lado la vida eclesiástica, optando por la aventura castrense de
comandar tropas; ya en sus últimos años, se dedica a recopilar, organizar y comentar
los documentos de la independencia y la actuación pública de Bolívar.
Esta postura historiográfica con sentido epopeyico, abre el camino para el posterior
surgimiento de una corriente positivista que busca en los hechos, el basamento
científico por encima de la subjetividad personal, y que tiene su confirmación
institucional con la creación en 1888 de la Academia Nacional de la Historia, durante
la presidencia de Juan Pablo Rojas Paúl.
Otro aporte determinante dentro de este proceso integral de forjar una nacionalidad
pertenece a la pintura. En el período colonial dicha actividad plástica se caracteriza por
tener como centro de inspiración artística la religiosidad católica, por lo que se hacen
fundamentalmente representaciones pictóricas alegóricas a escenas bíblicas como la
natividad, la anunciación, la adoración de los reyes o la crucifixión, entre otras.
Es importante mencionar, que durante el siglo XVIII evoluciona una escuela
caraqueña, la cual viene a suplantar la importación de pinturas provenientes de la
Península Ibérica, o de las ya para la época reconocidas escuelas santafereña, quiteña,
limeña y cusqueña, para satisfacer la demanda de la Iglesia y de la clase mantuana.
Con la llegada de la Independencia, el tema de carácter netamente religioso cede
espacios a nuevos intereses artísticos. Va a ser determinante el aporte que realiza
Juan Lovera, pintor perteneciente durante gran parte de su vida al período de la
pintura colonial, pero quien, en su condición de testigo presencial del proceso en
desarrollo, retrata los acontecimientos del 19 de abril de 1810 y 5 de julio de 1811,
que a la larga serán sus cuadros más famosos. Lovera, quien historiográficamente es
reconocido como el pintor de los próceres venezolanos, al retratar entre otros a
Bolívar, Páez y Vargas, vive en la coyuntura entre ambas tendencias artísticas.
Debe mencionarse que Bolívar fue retratado por reconocidos pintores en diferentes
momentos de su vida, así como luego de su fallecimiento, dentro y fuera de
Venezuela. “También lo retrató el artista venezolano Juan Lovera, inspirándose en
el lienzo de Gil de Castro que poseía María Antonia Bolívar; uno de los oleos de
Lovera, que permaneció durante siglo y medio en manos de sus descendientes,
se halla hoy en la residencia presidencial La Casona…” (Uslar, 1992: 406). Otro
pintor fundamental relacionado directamente con la emancipación fue Carmelo
Fernández, un sobrino de José Antonio Páez, con una tendencia eminentemente
paisajista. Fernández queda reconocido para la posteridad por realizar los retratos
más divulgados de Simón Bolívar, los cuales realiza luego de la muerte del héroe.
Posteriormente, surge una generación de pintores que se encargan de recrear
visualmente las más importantes batallas de la independencia, entre ellos: Pedro
Castillo, autor de “Las Queseras del Medio”; Martin Tovar y Tovar con “La Batalla de
Carabobo” y “La Firma del Acta de la Independencia”, además de las pertenecientes a
la denominada Campaña del Sur, como son “Boyacá”, “Junín” y “Ayacucho”; Cristóbal
Rojas, el autor de “La muerte de Girardot”; y Arturo Michelena quien plasma el
encierro y soledad de “Miranda en la Carraca”. Paradójicamente, esa imagen aportada
por Michelena para la posteridad histórica y la memoria colectiva de un Miranda
preso en su celda de Cádiz, la hizo con el apoyo de un modelo real, que no es otro
sino Eduardo Blanco, el celebérrimo autor de la mencionada “Venezuela Heroica”.
Son obras que magnifican e idealizan una guerra en la cual las tropas no son tan
numerosas, ni tan bien uniformadas, ni tan bien armadas, por lo que parecen más
bien copiar escenas de las realidades bélicas europeas del momento, basadas en las
campañas napoleónicas, pero las cuales se convierten a la larga, en la memoria gráfica
del venezolano sobre la visión de la guerra independentista. De manera tal, que estas
pinturas retrotraen el imaginario colectivo de aquellos años de lucha.
En cuanto al arte escultórico, la independencia del territorio supone también una
ruptura con la tradición colonial de esculpir tallas netamente religiosas, dirigidas a
ambientar las iglesias y los acostumbrados espacios reservados a la oración de las
casonas particulares, en forma de nichos y altares.
A mediados del siglo XIX se retoma el interés por rendir culto a la figura de Simón
Bolívar, luego de que su exilio y veto político propiciado por su enfrentamiento con
Páez, va a ser suspendido. Han transcurrido prácticamente quince años, desde los
tiempos de La Cosiata, en los cuales la idea, existencia y afecto por Bolívar son proscritos
del territorio venezolano, señalado bajo la acusación de traidor a la patria.De manera
tal que, en diciembre de 1842, el día 17, a los doce años exactos de su muerte, llegan a
Caracas los restos de Bolívar, repatriados por orden del presidente Páez, comenzando
de nuevo a ser reconocido como el Libertador y Padre de la Patria.
Las primeras esculturas de Simón Bolívar en Venezuela son realizadas por los artistas
italianos Pietro Tenerani, durante la época de las historiográficamente llamadas
oligarquías conservadora y liberal, y por Adamo Tadolini, quien, contratado por
Antonio Guzmán Blanco, erige en 1874, en la Plaza Bolívar de Caracas, la Estatua
Ecuestre de Bolívar, que sirve de marco de referencia para imitaciones que comienzan
a colocarse en otras plazas públicas de ciudades y pueblos del interior del país. De
hecho, anteriormente se presentan varias iniciativas por hacer estatuas y bustos de
Bolívar, mientras él está vivo, las cuales no llegan a concretarse. En tal sentido, puede
afirmarse que “La estatua ecuestre de Tadolini y la estatua de Tenerani, de pie…han
sido dominantes en la estatuaria del Libertador.” (Caldera, 1995: 151).
Es necesario mencionar dentro de esta génesis identitaria aupada por el sector
cultural, el rol cumplido por el Estado venezolano, al brindar carácter oficial a la
simbología nacional, decretándose en diferentes momentos históricos a la Bandera,
al Escudo de Armas y al Himno, como emblemas nacionales, es decir, brindándoles
la categoría de Símbolos Patrios. Por otro lado, la gestión modernizante y progresista
de Guzmán Blanco debe ser tomada en cuenta por su empeño en desarrollar una
arquitectura majestuosa, palaciega, marcada por su tendencia a imitar la estética
urbana francesa, siendo el Capitolio Federal y el Panteón Nacional los edificios más
representativos de este periodo.

Conclusión
En conclusión, el siglo XIX, republicano, caudillista y postcolonial es entonces
determinante en la construcción de un ideal nacional, en la búsqueda de amalgamar
los sentimientos de un pueblo que sufre la crisis mental y sociocultural de la ruptura
con un orden y un estilo de vida impuesto tradicionalmente por más de tres siglos,
sirviendo además para la posterior consolidación de la identidad propia de un
gentilicio que se viene llamando de tiempo atrás “venezolano”, enriqueciéndose
y dinamizándose con los aportes adquiridos de carácter mestizos, culturales,
idiosincráticos de la contemporaneidad.
Existe en tal sentido, toda una infraestructura artístico-cultural que aporta además de la
fuerza y de la belleza de las ideas y de las palabras, así como de la recreación estética,
una carga de valores subjetivos para unificar la naciente república. En líneas generales,
la estrecha relación cultura-arte-tradición como pioneros en la construcción de un
espacio colectivo: el ser y sentirse “venezolanos”.

Referencias
Bencomo, H. (1992) Revolución Independentista. En: Diccionario de Historia de
Venezuela. Caracas, Venezuela, Fundación Polar, Primera Reimpresión, Tomo III.
Blanco, E. (s. f.) Venezuela Heroica. Caracas, Venezuela: Bloque de Armas.
Caldera, R. (1995) Bolívar Siempre. Caracas, Venezuela: Academia Nacional de la Historia.
Rodríguez, A. (1992) Gobiernos de José Antonio Páez. En: Diccionario de Historia de
Venezuela. Caracas, Venezuela: Fundación Polar, Primera Reimpresión, Tomo III.
Rodríguez, O. (1992) Rafael María Baralt. En: Diccionario de Historia de Venezuela.
Caracas, Venezuela: Fundación Polar, Primera Reimpresión, Tomo I.
Uslar, A. (1992) Simón Bolívar. En: Diccionario de Historia de Venezuela. Caracas,
Venezuela: Fundación Polar, Primera Reimpresión, Tomo I
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Una quincallería de ilusiones

 

Creo que definir al Recodo como una quincallería, es un acertado viaje al pasado de unos cuantos lustros. Si bien, el termino quincalla se refiere concretamente a un montón de baratijas, visualizar a otrora en Boconó, las adyacencias del cruce de la Páez con la Gran Colombia, es ver,  varias décadas atrás, un gran mercado de todo, de cualquier cosa; es decir, un pequeño lugar contentivo de casas viejas como detenidas en el siglo XIX o principios del XX, todas de altas paredes culminando en alares de tejas, enormes puertas con sus respectivos zaguanes y exageradas ventanas de poyos y mamparas; como una invitación atractiva a la curiosidad del transeúnte.

Ciertamente, el sector era un extraño bazar donde se conseguía de todo, ya que aquellos viejos señores y gentiles damas, como herederos de sus ancestros ubicados en la entrada al Jardín, cultivaron con fe el arte del comercio, de los servicios y de la hospitalidad; y asi  por muchos años, en una rara sintonía vecindaria y no competitiva, incontables locales de ventas, entre bodegas y depósitos mayoristas, convivían en amistad fraterna entre sus dueños, en solo dos, tres o cuatro cuadras. El hecho es que cada expendio estaba ubicado al lado de otro que vendía lo mismo, y esto sucesivamente a lo largo de la fila de casas, sin generar conflictos de intereses y personales.

De esta manera, se compraba dentro de una larga lista de sitios: dónde Rojas; Juan "Telas"; Candelario; Marcos; "Mano" Merce; Antonio; Ruperto; Onésimo, Guillermo; Don Felipe, Pedro y Rubén el "Guayo"; Rufino, el recordado abuelo; y más, abajo, por la entrada del vetusto puente, los Torres y los Quevedo. Eran estos, abastos unos al detal, y otros depósitos mayoristas destinados a surtir mercancía para el resto de bodegas, negocios, abastos y pulperías de todo el poblado y de los  diferentes campos cercanos y lejanos.

La cuestión es que no solo eran negocios bodegueros, porque en este vender de todo, como en una enorme quincallería ilimitada, también estaban: las ferreterías de los señores Santiago y Valero; los botiquines o bares de altisonantes rockolas de Graciano, Ruperto y Chico; las ventas de pasteles, panes y bizcochos de las Bastidas, Tulia, Zoila, Virginia, Doña Blanca, Auxiliadora, Herlinda, y dónde Samuel; la tintorería de los Jerez, la carnicería de Víctor; los cafetines del Gordo Felipe y Herlinda; el inconcebible concesionario de carros "nuevecitos, de paquete" de Don Robiro; la tienda deportiva de Luis; la farmacia de Gerardo; el depósito cervecero zuliano de Vicente, Esperanza o Racente; la compra de café de Don Elias, y la perfumería “esotérica” del candidato a Presidente de la Republica de apellido Castellanos.

Pero también se "vendían" servicios, como los de hospedaje en las pensiones de Doña Ana, Chico y Georgina; o viajes para Caracas o cualquier parte del occidente del país con las líneas de transporte de Virgilio, de Los Andes y San Rafael, incluyendo también los que "vendían" carreras pa' los cerros, entre ellos Tomas, Sinecio, Mano Chao, el imparable "Loco" y Nino, el amable padre de este narrador.

Y si se requería arreglar, lavar, pintar o guardar carros, aparte de soldar en una herreria lo necesario, o además "echar" gasolina, allí también lo "solventaban"; cuestión de ir dónde Vique, Robiro, Matías, Mauricio, Vicente y la proximidad de la San Souci.

Unas "ventas" muy especiales eran las de las ideas y de la "cultura", las que se hacían posibles, por un lado en el viejo e icónico de siempre Liceo Dalla Costa, y al frente de él, en el hermoso Ateneo, que entre tanto derroche positivo de gestar artes, todas las noches en su cine, “vendía” en dos funciones las películas de turno que iban emanando desde el lejano firmamento de estrellas de Hollywood.

Por último estaban, versionando la película de Robín Williams "El Pescador de Ilusiones", los "vendedores" de ilusiones: entre algunos el "Negro" Cesar, Rufino, Matías, Gumersindo, Figueredo, Porfirio, el "Cuñao" Pimentel, Evlis y Nino, que oportunamente encantaban con sus cuentos entre folklóricos y realistas, a esa pléyade de muchachos y no tan muchachos reunidos en comunión de amistad, que mutaban de oyentes a cuentacuentos.

No hubiese sido extraño, que el mismo Robin Williams a pesar de su "gringuidad", fácilmente se hubiese adaptado a ser un caminante más de esa peculiar quincallería recodera.

 

José Urbina Pimentel 

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Caminando por el mar

 

 

Cada quien a su manera

es un Ulises

que rema en su propio Mar Incognitum,

mas no Nostrum ni de Los Sargazos,

rumbo a Ítaca, la nueva

tras una quimera escondida

entre sueños y esperanzas por descubrir

en el constante andar de cada paso

dado en suelo seco,

cuando el marinero se convierte en

caminante

y la piel salitre y cobriza de los soles

de la mar adentro,

se atempera bajo los rayos blanquecinos

de la luna llena,

perdido en el eterno retorno

en que los griegos

condenaron por siempre a los hombres.

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Pequeño canto a la amistad

 


Un canto a la amistad hidalga,

atemporal e inmedible,

solidaria y libre de juicios,

enlazada entre palabras

que suman silencios y verdades

compartidas en tono binomial.

Una sonrisa que emana sutil,

ante un cúmulo de afectos

personificados a lo largo

de cada ruta gregaria,

por los amigos surgidos del ayer,

que se quedaron superados

en el recuerdo

y los de hoy,

que transitan el camino de la poderosa

amistad

creída por Aquiles Nazoa

"...como el invento más bello del

hombre"....

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